Pastora Soler

Una noche, en el Teatro Cervantes de Málaga, Pastora Soler hizo mutis para cambiarse el vestido y no regresó. Salió su marido para decirle al respetable que la artista no volvería a la escena, que no estaba en condiciones de cantar. El público fue bueno y lo entendió, animando a la cantante con una cariñosa ovación antes de salir para la calle Ramos Marín. Días atrás, Pastora se había desplomado en Sevilla entre los tunos de la Facultad de Turismo, y lo hizo con cadencia homicida y con ruido, pues su micrófono voceó el batacazo sobre la madera, asustando al personal. Pastora tiene parroquia, esa que se quedó muda cuando ella, por escrito y para el mundo, dijo que se quitaba del arte porque tenía miedo, mucho miedo. Fue triste y raro, porque muchos estábamos acostumbrados a ver a Pastora, que debutó siendo una niña de apenas diez años y siendo Pilar Sánchez, porque lo de Pastora Soler se lo puso Luis Sanz. Luis Sanz se murió y no sé su marido, pero dejó escritas unas memorias inéditas de enjundia. Imagínense lo que podría ser ese libro, un hombre que lo sabía todo de Flores, Jurado, Dúrcal o Pantoja, entre otros póqueres. Total, que cogió a Pastora y la echó a trabajar a la antigua, por las bravas. Esta era de bata de cola, peina y clavel, y la boca hermosa con dientes si tiene que haberlos. Cantaba el repertorio clásico, Triniá por delante siempre, con una técnica pasmosa para la edad que tenía y una voz grande. Después de tres años de silencio, ha parido una criatura y ahora regresa a los escenarios para regocijo de tantos. Hace años que hace un pop que tiene su público, lo tenemos dicho, pero la folclórica que lleva dentro no hay quien se la quite. Viene resurrecta y en forma a Roquetas el 20 de enero. Tiene algo de irrepetible.

Antonio Ruiz

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